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La identidad es un relato: Budismo y Cristianismo sobre el cambio y la libertad

Si algo nos enseña filosóficamente el evangelio es que la autodeterminación es la capacidad de resignificar las interpretaciones que hacemos del mundo, en lugar de ser prisioneros de ellas.

La vacuidad (en el budismo) y la autodeterminación no se contradicen; al contrario, van de la mano. La vacuidad significa entender que todo lo que percibimos y pensamos sobre el mundo no es una verdad absoluta, sino una manera de interpretarlo. No vemos la realidad tal como es, sino a través de las ideas, creencias y significados que le damos. “Es necesario nacer de nuevo”, dice Jesús a Nicodemo.

Por otro lado, la autodeterminación no significa imponer una identidad fija o defender una única forma de ver las cosas, sino reconocer que, si todo es interpretación, tenemos la libertad de darle sentido a nuestra vida de manera consciente. No estamos atados a una única historia sobre quiénes somos o cómo debe ser el mundo; podemos cambiar, redefinirnos y elegir en qué relatos queremos participar.

En lugar de ser prisioneros de ideas rígidas, la autodeterminación nos permite usar las interpretaciones como herramientas en lugar de verlas como jaulas. “¿Quién dicen ustedes que soy yo?”, pregunta Jesús a sus discípulos, impulsándolos a reflexionar y a autodeterminarse.

Jesús no impone una identidad fija ni una única manera de interpretar el mundo. Al contrario, desafía constantemente a sus discípulos y oyentes a replantear su visión de la vida y de sí mismos.

Cuando Jesús dice “Es necesario nacer de nuevo”, no habla solo de un cambio externo, sino de una renovación profunda en la manera en que sentimos, entendemos y experimentamos la existencia. Es decir, en cómo narramos quiénes somos. Nacer de nuevo es darnos cuenta de que no estamos atrapados en una única historia sobre nuestra identidad. Si transformamos nuestra narrativa, podemos cambiar, crecer y encontrar un sentido más profundo en nuestra vida.

Su pregunta “¿Quién dicen ustedes que soy yo?” es un llamado a la autodeterminación porque obliga a cada discípulo (y a cualquiera que busque en el evangelio) a mirar más allá de lo que otros dicen y encontrar su propia respuesta. No es una pregunta teórica ni dogmática, sino un desafío personal, una auto-confrontación para definir desde dónde queremos vivir y qué significado queremos darle a nuestra existencia.

Desde esta perspectiva, la autodeterminación no es imponer un relato absoluto sobre nosotros mismos, sino aceptar que podemos resignificar nuestra vida y elegir cómo queremos vivirla. La vacuidad, entendida como la ausencia de una identidad rígida e inmutable, no es una amenaza ni una negación del sentido. Jamás es nihilismo. Es, en realidad, una apertura, una oportunidad: nos permite reconstruirnos y caminar con más libertad. Lo que creemos ser de nosotros y del mundo no es todo lo que es. ¡Siempre hay más!



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