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¿Buscar validación o buscar sentido? Esa es, realmente, tu pregunta


¿Qué ocurre cuando alguien —de cualquier generación— busca primero ser validado antes de preguntarse para qué vive?


Puede parecer una pregunta pequeña. De esas que se hacen al pasar, entre scrolls, o en voz baja, mientras uno se lava los dientes o espera que algo , lo que sea, tenga sentido. Pero no lo es. Tiene filo. Porque no apunta solo a una conducta, sino a un modo de estar en el mundo.


Hoy, casi todo parece reclamar validación. Un gesto, una emoción, un silencio incluso. Todo tiende a volverse visible. Todo quiere una reacción. Una respuesta. Una confirmación de existencia. Es como si hubiéramos dejado de vivir para sentir, y empezáramos a sentir para ser vistos.

Corazón viviente.  Rodrigo González, 2025, © Imagen con todos los derechos reservados
Corazón viviente. Rodrigo González, 2025, © Imagen con todos los derechos reservados

No exagero. O si lo hago, es porque algo duele.


Las redes no son el problema. Son solo el espejo multiplicado. El escenario. El aula. La trinchera. Allí donde expresarse emocionalmente se ha vuelto sinónimo de autenticidad. Como si decir “esto me duele” fuera prueba suficiente de verdad. Como si todo lo que se siente debiera mostrarse. Como si la emoción, por el simple hecho de aparecer, tuviera razón.


No se trata de negar las emociones. No. Hay cosas que no se pueden pensar sin haberlas sentido antes. Lo han dicho muchos: Jung, Varela, Hillman, incluso quienes nunca escribieron un libro pero sabían mirar su dolor sin convertirlo en espectáculo. La emoción no es enemiga del pensamiento. Pero tampoco es su dueña.


La pregunta es otra: ¿para qué sirve esa emoción si no se convierte en comprensión?



¿Para qué publicarla si no es el inicio de una transformación?


En las familias, en las escuelas, en las amistades, el lenguaje emocional se ha vuelto dominante, pero muchas veces estéril. Los más jóvenes exigen ser reconocidos. Los mayores no saben cómo hacerlo. Y entre ambos, el silencio se llena de malentendidos. No es que no haya afecto, es que hay confusión. Se confunde el reconocimiento con la aprobación. La empatía con la rendición. El sentir con el saber.


Y así llegamos a una idea que se repite como mantra: “tengo derecho a sentirme así”.

Sí, lo tienes.

Pero ¿eso basta para que esa emoción sea justa, fecunda, transformadora?

¿Dónde queda la responsabilidad por lo que sentimos?

¿Dónde el trabajo de mirar lo que sentimos y decidir qué hacer con eso?


Lo que preocupa no es que expresemos emociones. Lo que preocupa es que lo hagamos para ser celebrados. Que el dolor se vuelva contenido. Que la vulnerabilidad se convierta en estilo. Que el yo sea una secuencia de imágenes afectivas que deben gustar, conmover, mover algo , lo que sea, en otro. Aunque uno no se mueva.


Entonces todo se desordena. No hay autenticidad, sino una afirmación constante del yo herido que no quiere curarse, porque su herida le da pertenencia. No hay búsqueda de sentido, sino una reacción emocional en cadena. No hay libertad interior, sino la necesidad de gustar, de caer bien, de no incomodar a quienes nos siguen, nos leen, nos aman desde lejos.


Y ahí, cuando todos parecemos gritar lo mismo (“mírame, entiéndeme, acompáñame”), lo que aparece no es la pluralidad del alma, sino el rebaño. No el de la obediencia tradicional, sino uno más sutil: el rebaño afectivo, ese que se organiza por tono emocional, que exige adhesión sentimental más que pensamiento.


Se repiten los mismos gestos, las mismas ofensas, las mismas fórmulas: “sé tú mismo”, “rompe con todo”, “haz lo que sientas”. Pero todos terminan haciendo lo mismo, sintiendo igual, reaccionando igual. El yo no se libera, se mimetiza.


Y sin embargo, la autenticidad no es eso. No es una emoción liberada. No es un dolor expresado. No es una lágrima compartida. Es otra cosa, si, tal vez más callada, tal vez más solitaria.

Autenticidad tiene que ver con verse a sí mismo sin aplauso, sin recompensa. Es mirar el dolor y no volverlo estandarte. Es pensar sin esperar que el otro te diga que estás bien.

Caminando el sentido. Rodrigo González, 2025, © Imagen con todos los derechos reservados
Caminando el sentido. Rodrigo González, 2025, © Imagen con todos los derechos reservados

Y entonces, sí, tal vez todo comienza otra vez.

Tal vez cuando dejas de buscar validación, aparece algo más.

No una verdad definitiva, pero sí una pregunta más digna:


Si no necesitas que te vean,

¿cuál sentido empieza a emerger? ¿buscas sentido o validación?

 
 
 

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